La evolución de la humanidad descansa sobre el pilar cultural.

Quizás no nos hemos detenido lo suficiente en el análisis de la evolución que ha sufrido la Educación Especial en los últimos tiempos.
Los nuevos paradigmas educativos son la clave para este nuevo mundo que todos deseamos.Con estas experiencias pongo de manifiesto que los aprendices son los principales actores de su proceso de enseñanza-aprendizaje, aceptando las diferencias como factor de enriquecimiento para el grupo, que desarrollan sus capacidades cognitivas, metacognitivas y sensoriomotrices y sus habilidades sociales, con experiencias que les llevan a su desarrllo integral (en la mediad que nos permiten las condiciones en que trabajamos). Por ello, intento poner de manifiesto, no las características de mis aprendices (soy maestra de E.E., Pedagogía Terapéutica, con ello es suficiente para imaginar el perfil de aprendices con los que trabajo o he trabajado), sino la forma en cómo lo hacemos en nuestro centro, dentro del aula ordinaria, para trabajar con todos los aprendices con una metodología inclusiva.
Construyendo su aprendizaje en la escuela, ensayan en la construcción de un mundo mejor.

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Educarse y aprender, todo un placer

Educarse y aprender, todo un placer
Educación inclusiva ¡Ya!


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lunes, 22 de septiembre de 2014

"UNA SIESTA DE DOCE AÑOS"

"UNA SIESTA DE DOCE AÑOS"
Por Carles Capdevila
 
Aunque han pasado unos años desde que el periodista Carles Capdevila escribiera este artículo, lo reproduzco porque quizás más que nunca, necesitemos el reconocimiento a nuestra labor docente, en la situación a la que están llevándonos además, los recortes de profesores en los centros y  que como bien dice, a pesar de nuestra envidiadas vacaciones, reconoce  que no descansamos nunca, lleva razón, porque nos apegamos a nuestra materia prima, precisamente por eso , las merecidas vacaciones de estancia con los querubíes, que ni sus padres aguantan más de dos meses (disculpas a quienen no entren en este saco).
¡Gracias al Sr. Capdevila! por su reconocimiento a la labor docente que a pesar de los pesares, realizamos en alas de desarrollar y formar personas íntegras, sociales y lo mejor preparadas para la vida, como bien dice, supliendo esas carencias de educación familiar, que comenta el autor en este interesante artículo.
Por suerte, no lo vivo en mis experiencias, que me vanaglorio de contar unas madres y padres que colaboran en todas las etapas de escolarización en  las que se encuentran sus retoños, quizás porque asumen desde el primer momento que ellos son pieza clave del proceso educativo de sus hijos, lo cual les hago ver y siempre les agradezco su colaboración.

Los maestros hacen algo más que huelga o vacaciones, y la educación es bastante más que un problema.

Educar debe de ser una cosa parecida a espabilar a los niños y frenar a los adolescentes. Justo lo contrario de lo que hacemos: no es extraño ver niños de cuatro años con cochecito y chupete hablando por el móvil, ni tampoco lo es ver algunos de catorce sin hora de volver a casa.
 Lo hemos llamado sobreprotección, pero es la desprotección más absoluta: el niño llega al insti sin haber ido a comprar una triste barra de pan, justo cuando un amigo ya se ha pasado a la coca.
 Sorprende que haya tanta literatura médica y psicopedagógica para afrontar el embarazo, el parto y el primer año de vida, y que exista un vacío que llega hasta los libros de socorro para padres de adolescentes, esos que lucen títulos tan sugerentes como Mi hijo me pega o Mi hijo se droga . Los niños de entre dos y doce años no tienen quien les escriba.
Desde que abandonan el pañal (¡ya era hora!) hasta que llegan las compresas (y que duren), desde que los desenganchas del chupete hasta que te hueles que se han enganchado al tabaco, los padres hacemos una cosa fantástica: descansamos. Reponemos fuerzas del estrés de haberlos parido y enseñado a andar y nos desentendemos hasta que toca irlos a buscar de madrugada a la disco. Ahora que al fin volvemos a poder dormir, y hasta que el miedo al accidente de moto nos vuelva a desvelar, hacemos una siesta educativa de diez o doce años .
 Alguien se estremecerá pensando que este período es precisamente el momento clave para educarlos. Tranquilo, que por algo los llevamos a la escuela. Y si llegan inmaduros a primero de ESO que nadie sufra, allá los esperan los colegas de bachillerato que nos los sobreespabilarán en un curso y medio, máximo dos. Al modelo de padres que sobreprotege a lospequeños y abandona los adolescentes nadie los podrá acusar de haber fracasado educando a sus hijos. No lo han intentado siquiera.
 Los maestros hacen algo más que huelga o vacaciones, y la educación es bastante más que un problema.
 Pido perdón tres veces: por colocar en un título tres palabras tan cursis y pasadas de moda, por haberlo hecho para hablar de los maestros, y, sobre todo sobre todo, porque mi idea es -lo siento mucho- hablar bien de ellos.
 Sé que mi doble condición de padre y periodista, tan radical que sus siglas son PP, me invita a criticarlos por hacer demasiadas vacaciones (como padre) y me sugiere que hable de temas importantes, como la ley de educación (es lo mínimo que se le pide a un periodista esta semana).
 Pero estoy harto de que la palabra más utilizada junto a escuela sea 'fracaso' y delante de educación acostumbre a aparecer siempre el concepto 'problema', y que 'maestro' suela compartir titular con 'huelga'. La escuela hace algo más que fracasar, los maestros hacen algo más que hacer huelga (y vacaciones) y la educación es bastante más que un problema. De hecho es la única solución, pero esto nos lo tenemos muy callado, por si acaso.
Mi proceso, íntimo y personal, ha sido el siguiente: empecé siendo padre, a partir de mis hijos aprendí a querer el hecho educativo, el trabajo de criarlos, de encarrilarlos, y, mira por donde, ahora aprecio a los maestros, mis cómplices. ¿Cómo no he de querer a una gente que se dedica a educar a mis hijos?
 Por esto me duele que se hable mal por sistema de mis queridos maestros, que no son todos los que cobran por hacerlo, claro está, sino los que son, los que suman a la profesión las tres palabras del título, los que mientras muchos padres se los imaginan en una playa de Hawai están encerrados en alguna escuela de verano, haciendo formación, buscando herramientas nuevas, métodos más adecuados.
 Os deseo que aprovechéis estos días para rearmaros moralmente. Porque hace falta mucha moral para ser maestro. Moral en el sentido de los valores y moral para afrontar el día a día sin sentir el aprecio y la confianza imprescindibles. Ni los de la sociedad en general, ni los de los padres que os transferimos las criaturas pero no la autoridad.
 ¿Os imagináis un país que dejara su material más sensible, las criaturas, en sus años más importantes, de los cero a los dieciséis, y con la misión más decisiva, formarlos, en manos de unas personas en quienes no confía?
 Las leyes pasan, y las pizarras dejan de ensuciarnos los dedos de tiza para convertirse en digitales. Pero la fuerza y la influencia de un buen maestro siempre marcará la diferencia: el que es capaz de colgar la mochila de un desaliento justificado junto a las mochilas de los alumnos y, ya liberado de peso, asume de buen humor que no será recordado por lo que le toca enseñar, sino por lo que aprenderán de él.
Carles Capdevila / Periodista ( Avui , 25 de octubre 2009)

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